Júpiter es el gran protector
del Sistema Solar. Su enorme tamaño, que conlleva una fuerte atracción
gravitatoria, hace que multitud de objetos que vagan por el espacio acaben
estampados en su superficie gaseosa. Objetos que pueden ser pequeños pedruscos
o enormes rocas y que, en caso de colisionar con la Tierra, podrían suponer un
peligro para la Humanidad. Fue un jueves, aunque ahora mismo parece un dato
irrelevante, cuando se detectó aquel enorme asteroide procedente de los
confines de la galaxia y con trayectoria hacia el globo terráqueo. Uno de esos
asteroides demasiado grandes y, esta vez, Júpiter no había podido devorarlo. Tras
concienzudos cálculos, se determinó cuándo impactaría el asteroide en nuestro
planeta azul. Sería también un jueves. Casualidad cósmica, supongo.
—Lunes.
—¿Puedo salir a jugar con mis amigos?
—Claro que sí.
Hace poco más de un año que
se detectó el asteroide. Al principio no se lo dije a mi hijo, pero tarde o
temprano se iba a enterar.
—Martes.
—¿Puedo salir a jugar con mis amigos?
—Sí, pero no vengas tarde.
Ha decidido disfrutar sus
últimos momentos. Le envidio, porque a mí me cuesta.
—Miércoles.
—Hoy prefiero pasar el día en casa, contigo.
—Gracias.
—Ayer ya me despedí de mis amigos.
Al final, es él quien me
está cuidando a mí, y no al revés. Es mi pequeño Júpiter.
—Papá, ¿qué día es hoy?