4 dic. 2014

"La ciudad de la luna" (relato)

 
 
Ezequiel se despertó con el bache. Su mujer, Susana, conducía excesivamente rápido, y aquel viejo coche ya no estaba para demasiados trotes. Y menos en aquella carretera que, por momentos, se convertía en casi un camino de cabras. Tardó unos instantes en comprender dónde se hallaba, pero enseguida recordó que regresaban de la boda de su cuñado. Un bodrio, pero no habían podido negarse a ir. Por suerte, ya estaban de regreso a casa.

—¿Dónde estamos, cielo? –preguntó Ezequiel, terminando de desperezarse.
—Hombre, el dormilón –contestó sonriente su mujer. Se le notaba el cansancio en el rostro, pero se alegraba de que se hubiera despertado su marido, pues así al menos podría hablar con él, en lugar de limitarse a simplemente conducir–. Aún queda mucho viaje, campeón. Pero creo que ya te va tocando a ti conducir.
—Hmmm... Diez minutos –contestó él, devolviéndole la sonrisa, mientras estiraba los brazos en un prolongado bostezo. Después, se giró hacia la ventana y observó el exterior.

Apenas podía distinguir nada en medio de la oscuridad nocturna. El cielo estaba cubierto, ocultando la luna, pero Ezequiel intuía que viajaban por una zona rural, pues a su alrededor distinguía, a duras penas, algún que otro árbol. Y al fondo, prácticamente ocultas en la oscuridad, podía ver el contorno de una negras praderas que terminaban en unas montañas no muy altas.

—¿Qué le pasa a la radio? –preguntó de repente, al darse cuenta del silencio que reinaba en el interior del vehículo.

Manipuló el aparato, en busca de alguna emisora, pero no consiguió sacar más sonido que el monótono y aburrido ruido de estática. Susana le explicó entonces que se había puesto así hacía tan sólo unos pocos minutos, justo antes de despertar él. Ezequiel abrió la guantera y extrajo un estuche en el que se puso a rebuscar con ahínco.

—Ya tengo la solución –dijo, sacando un CD del estuche, e introduciéndolo en la ranura correspondiente. Al poco, comenzó a sonar el tema Moonlight Shadow, de Mike Oldfield. Susana volvió a sonreír, y ambos se besaron. Luego, inspirado por la canción, Ezequiel volvió a mirar al cielo, esperando quizás que se asomara la luna.

El cielo estaba igual, cubierto por una oscuridad inquebrantable. Ezequiel apoyó la cabeza en el cristal de la ventana y cerró los ojos, diciéndose a sí mismo que era una pena no poder ver la luna y las estrellas ahora que viajaban por el campo. Abrió de nuevo los ojos y pudo observar cómo, de repente, unas nubes se apartaron permitiendo asomarse a la luna. Una luna llena, perfectamente redonda y clara, aunque muy brillante y definitivamente hermosa. Desprendía una claridad como sólo en la noche se puede lograr, inundándolo todo con ella. Ezequiel pudo entonces distinguir mejor el paisaje: lo que antes sólo se asemejaban a árboles eran efectivamente árboles, pero ahora también podía ver arbustos, una extensa plantación de maíz con un escuálido espantapájaros como guardián, un pequeño riachuelo casi seco... y a cosa de un par de kilómetros de distancia, en las praderas que acababan en montañas, había unas extrañas luces, que le llamaron inmediatamente la atención. La luna se mostraba completa y orgullosa, brindando la suficiente claridad para que Ezequiel pudiera comprobar que dichas luces correspondían a una pequeña aunque brillante ciudad.
 
—Susi –dijo él, sin dejar de mirar por la ventana–, ¿cuál es la población más cercana a nosotros ahora mismo?
—Pues tiene que ser Quila, pero debe estar como a treinta kilómetros de aquí –contestó ella–, si te estás meando será mejor que te bajes en carretera...
—Tiene que haber algún sitio más cercano.
—No, cariño –replicó ella, convencida–. Estamos en la carretera 27, conocida por estos lares por ser tremendamente solitaria, y por no tener ninguna población entre Cassius y Quila. De hecho, yo calculo que estaremos justo en medio de ambas. Y es más –añadió, mirando con curiosidad a su marido–, por no haber, no hay nada humano en veinte o treinta kilómetros a la redonda: ni estaciones de servicio, ni gasolineras, ni el motel de Norman Bates...
—¿Pues entonces qué coño es eso? –preguntó Ezequiel, señalando a su ventana, en dirección a donde había visto las luces y la ciudad.
 
En ese preciso instante, las nubes volvieron a cubrir la luna, escondiéndola por completo con su manto y regresando de nuevo la impenetrable oscuridad. Susana miró por la ventana, sin miedo ya que circulaban desde hacía un rato por una larga recta, pero ya no pudo ver nada salvo negrura, y así se lo hizo saber a su marido. Éste, incrédulo, vio que había desaparecido la ciudad. No es que ya no se viese tan nítida como antes de ocultarse la luna, sino que había desaparecido completamente, sin dejar rastro. Incluso las luces que unos momentos antes brillaban con fuerza, ahora estaban ausentes. Sólo había oscuridad.
 
Al principio, Ezequiel se sintió sorprendido y descolocado, pero enseguida pensó que sus ojos le habían jugado una mala pasada. Seguramente, entre que acababa de despertarse, y la repentina claridad procedente de la luna, había creído ver unas luces de una ciudad, cuando no sería más que algún extraño reflejo. Pensándolo más fríamente, se daba cuenta de que era absurdo, si hubiese una ciudad allí (algo imposible, tal y como le había confirmado su propia mujer, y ella conocía esa zona como la palma de su mano), ahora mismo tendría que seguir viendo las luces destacando en la oscuridad, y no era el caso. Sólo había oscuridad.
 
—¿Estás bien, Ezequiel? –preguntó Susana, al ver a su marido titubeando.
—Sí, sí, cariño –respondió él, frotándose con fuerza los ojos–. Creo que no había terminado de despertarme del todo, y he debido de tener una especie de alucinación. Me pareció ver unas luces allí, hacia la derecha.
—Sí, seguro –dijo ella, sonriendo ampliamente–. Fijo que era un OVNI.
—Vete a la mierda –replicó Ezequiel, dándole un suave golpe en el hombro, y ambos se echaron a reír alegremente.
 
Cuando cesaron las carcajadas, él volvió a mirar por la ventana. Todo seguía a oscuras. Alzó la vista y al poco comenzó a ver cómo la luna volvía a asomarse de nuevo, tímida pero inexorablemente. De forma instintiva, bajó la vista hacia donde había visto antes la ciudad y, de nuevo, ahí estaba. Ezequiel la podía ver claramente. Un núcleo brillante de edificios y casas, no sólo visibles por la luz que ahora reflejaba la luna, sino que además desprendía sus propias luces, como cualquier otra ciudad. Ezequiel se quedó paralizado unos segundos, tratando de asimilar las imágenes que estaba percibiendo, intentando encontrar el sentido lógico a aquello.
 
—Susi... –acertó a decir finalmente, tras unos segundos de estupefacción.
—¿Sí?
—Otra vez...
—¿Otra vez el OVNI? –rió Susana, sin apartar la mirada de la carretera, aunque apenas había curvas en aquella zona–. Oye, si lo que pretendes es librarte de conducir en tu turno, no lo vas a conseguir...
—No, Susana –dijo él, girándose hacia ella–. Ahí está otra vez la ciudad. ¡Mírala, joder!
 
Susana se giró y observó en primer lugar a su marido. La mirada de él le mostraba que no estaba tomándole el pelo ni riéndose de ella. Todo lo contrario, Ezequiel estaba muy convencido de lo que decía, y así lo percibió Susana. Incluso le pareció ver algo de terror y asombro en sus ojos. Sea como fuere, el caso es que para cuando ella desvió la vista hacia la ventana del copiloto y miró a través de ella, hacia donde se suponía que su marido había visto la dichosa ciudad, allí ya no había nada, salvo una negrura total. La luna había vuelto a ocultarse.
 
—Cariño... –dijo ella, titubeando–, yo no veo nada...
—Para, Susana –ordenó él, con el rostro muy serio. Su mirada empezaba a mostrar una ligera obsesión. Había vuelto a ver la ciudad, y ahora estaba seguro de su existencia.
—¿Qué?
—Que pares, Susana. Que detengas el coche –Ezequiel la sujetó por el brazo–. Allí hay una ciudad. La he visto con mis propios ojos.
—¿Estás loco? –Susana se estaba asustando un poco. Además, comenzaba a dolerle el brazo por la presión que ejercía su marido–. Allí no hay nada, sólo...
—¡Que pares, coño!
 
Ezequiel forcejeó con su mujer, que se vio obligada a frenar el vehículo. Antes de que a Susana le diera siquiera tiempo a replicar, su marido abrió la puerta del copiloto y salió del coche, corriendo como un loco. Ella se quedó atónita, pero cuando vio que Ezequiel ya se había alejado diez o doce metros, y empezaba a ocultarse en la oscuridad de la noche, decidió ir tras él.
 
—¿Estás loco, Ezequiel? –le preguntó ella, mientras avanzaban en mitad de la noche, sin una luz que les pudiera guiar–. ¿Se puede saber a dónde vas?
—A dónde vamos –rectificó él.
—¿Cómo? –preguntó ella, desconcertada.
—Que vamos. Tú y yo. Los dos –Ezequiel la cogió de la mano, con firmeza pero sin hacerle daño, mientras pronunciaba estas palabras–. A la ciudad.
—No hay ninguna ciudad, cielo. Habrás visto un reflejo o algo...
—Sé lo que he visto, Susi. Era una ciudad, y la vamos a encontrar. Tiene que estar aquí al lado.
—Ni hablar –espetó ella, y se detuvo en seco, soltándose de su marido–. Yo me vuelvo al coche. Tú haz lo que quieras –y se giró, dispuesta a desandar lo andado, mientras Ezequiel la miraba con resignación.
 
Ezequiel hizo un breve amago de retroceder e ir a buscar a su mujer, pero entonces la luna volvió a asomarse sobre él. Según sus cálculos, la ciudad debería hacerse visible andando unos pocos metros más, a la vuelta de un recodo. Y decidió continuar adelante.
 
Pero la luna volvió a ocultarse antes de que alcanzara dicho recodo. La oscuridad envolvía de nuevo a Ezequiel, pero éste no se echó atrás y siguió su camino. Unos minutos después se encontraba en un amplio espacio abierto, en plena noche. Según estimaba, ahí mismo debería estar la misteriosa ciudad pero, obviamente, se encontraba en mitad de la nada, en campo abierto. Su mujer tenía razón, al fin y al cabo. Entonces miró al cielo, hacia la negrura total, como pidiendo una vez más que se asomara de nuevo la luna.
 
Y la luna se asomó. Y la ciudad reapareció. Se materializó alrededor de Ezequiel, surgiendo de la nada más absoluta, tomando forma a medida que la luz de la luna se abría paso a través de la oscuridad. En unos pocos segundos Ezequiel se vio, no ya sobre una superficie de tierra con hierba silvestre, sino sobre los adoquines de piedra de una pequeña y vieja ciudad. Y ya no estaba a oscuras, todo a su alrededor estaba cubierto por una luz pálida aunque cegadora. Ezequiel estaba maravillado, miraba a las casas de piedra que le rodeaban, estirando el brazo hacia ellas para tocarlas y percibir su solidez, notar que eran reales y no un producto de su imaginación.
 
Una pequeña pero insistente melodía a base de cortos y agudos pitidos le sacó de su ensueño. Era su teléfono móvil. En la pantalla aparecía y desaparecía, a pulsaciones rítmicas, el nombre de Susana.
 
—Cariño, ¿dónde estás? –preguntó ella, cuando Ezequiel contestó la llamada–. Por favor, vuelve al coche, me estás asustando mucho.
—No, Susana –respondió él, visiblemente emocionado–. He encontrado la ciudad. Es real, existe. Tienes que venir, rápido.
 
En realidad, la última frase no llegó a oídos de Susana, porque la comunicación se cortó de golpe. Tras dicho corte, la pantalla del móvil indicaba que no había cobertura. Entonces, de repente, se abrió la puerta de madera de una de aquellas viejas casas, y una extraña voz ronca dijo, o más bien susurró, bienvenido a la ciudad de la luna. Ezequiel no se lo pensó demasiado y entró dentro de la casa.
 
Susana intentó llamar de nuevo a su marido pero, tras haberse cortado la última llamada, con cada nuevo intento sólo recibía el mismo desquiciante mensaje de el móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura. No era consciente de ello, pero estaba sollozando. Estaba asustada, y quedarse sola en el coche sin saber dónde estaba su marido no era la mejor opción. Decidió regresar de nuevo en su busca. Avanzó rápidamente, pues esta vez la luna tardaba más en ocultarse, y le permitía ver mejor por dónde avanzaba. Un rato después, llegó a la amplia explanada donde apenas unos minutos antes se encontraba su marido. A su alrededor  tan sólo veía una vasta extensión de campo abierto en todas direcciones, cubierta con una ligera neblina que apenas perturbaba ligeramente la visión. Pudo observar unas huellas recientes en el suelo de tierra, que avanzaban unos metros más, para desaparecer repentinamente. Pero ni rastro de Ezequiel.
 
Ezequiel estaba en la ciudad de la luna. Se encontraba dentro de una de sus casas. A través de la ventana podía ver a su mujer, Susana, que miraba despistada a su alrededor, aún sin ver la ciudad, a pesar de encontrarse ya en ella, en mitad de una de sus calles, y a plena luz de luna, que brillaba en el firmamento con todo sus esplendor. Intentó abrir la puerta de la casa, pero le resultó imposible. Igualmente le pasó con la única ventana de la estancia. Ezequiel gritó entonces con todas sus ganas, pero su voz no parecía llegar a su mujer. Su desesperación empezó a ir en aumento, mientras que la luna comenzó a ocultarse de nuevo. Ezequiel vio cómo la ciudad desaparecía ante sus incrédulos ojos, y vio también cómo él desparecía con ella. Y su mujer continuaba ajena a todo ello, buscándole sin encontrarle, sin saber que estaba a tan sólo unos metros de ella.
 
Finalmente, la luna se ocultó tras las nubes, y la ciudad desapareció. Susana se arrodilló desesperada, llorando y gritando el nombre de su marido, en plena oscuridad. Ezequiel no apareció jamás.


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Este relato está incluido en mi libro 'Pequeños momentos breves'.

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