27 dic. 2011

"El rey ciego (3 de 5)" (relato)

La noche era brillante, coronada por una magnífica luna en todo su esplendor. El valle de Rosek, de una extremada anchura, fue donde finalmente se desató la cruenta batalla entre los repugnantes duendes rojos y las huestes de Kalion. El valle, antaño verde y florido, estaba cubierto ahora de cadáveres, de uno y otro bando, sobre el fango y la sangre. Y el río Myar, que lo atravesaba, sinuoso, con su cristalina y pura agua, ahora se teñía de rojo.

El ejército de Kalion era grande y poderoso, y no acusó la inactividad de los últimos años de paz. Por su parte, los duendes rojos, aunque numerosos, eran desorganizados. Por suerte para el rey, a medida que aumentaba el fragor de la batalla, pudo observar que los duendes no habían recuperado su vieja magia, cosa que le preocupaba enormemente. Los hechizos lanzados por Loth, dos siglos antes, la habían hecho desaparecer. Así, poco a poco, Kalion vio cómo la batalla se torcía a su favor, y los últimos duendes cayeron tan sólo tras unas horas de salvaje combate. Kalion había obtenido una gran victoria pero... ¿qué había movido a los duendes rojos a atacar Zilabon? ¿por qué iban en busca de su hijo, aún a riesgo de perecer, como así fue finalmente, en combate? Las tropas volvieron al campamento, a celebrar la magnífica victoria, y a cuidar a los múltiples heridos, pero Kalion regresó cabalgando a la ciudad, escoltado por una patrulla de fieles soldados. Tenía un mal presentimiento.

Al llegar a su castillo, el rey se encontró un ambiente desolador. Dalla, entre sollozos, le explicó que se habían llevado al bebé.
¿Quién? –preguntó él, pero Dalla se derrumbó entre sus brazos, llorando histéricamente.
Ha sido Loth –gritó uno de sus consejeros, y Kalion se lanzó sobre él, aún con Dalla abrazada a él.
¿Qué has dicho, insensato? –le preguntó el rey, furioso.
Ha sido Loth.

Kalion partió de la ciudad sin demora. Mientras él estaba en el valle, combatiendo la amenaza de los duendes rojos, un hombre había llegado a la ciudad, y se había llevado a su hijo. Dijo llamarse Loth y, una vez en el castillo real, lanzó un hechizo que paralizó a los presentes. A continuación, cogió al bebé en brazos y desapareció en medio de un humo negro. Parecía una locura pero, por lo visto, el mismísimo Gran Brujo Loth, que abandonó Zilabon doscientos años atrás, seguía aún vivo, y había raptado al bebé. El rey estaba como loco y sólo se le ocurría un lugar donde poder encontrar a Loth, allí donde se marchó doscientos años antes: las cuevas de Marko, al sur.

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continuará

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