En lo más profundo del bosque vivían cuatro hadas antiguas, aunque antaño fueron muchas más. Sus nombres eran Eyra, Malae, Dalea y Laris y todas estaban dotadas de una belleza sobrenatural, con rostros delicados, cuerpos gráciles y miradas luminosas. Aunque jóvenes de apariencia, eran, no obstante, criaturas antiguas, prácticamente ancianas para el estándar de su especie, que habían vivido durante siglos y cargaban en sus cuerpos inmortales el cansancio de incontables noches.
No gobernaban el bosque, sino que pertenecían a él, y cada noche de luna llena salían de su refugio para realizar una danza que solo ellas conocían. Formaban un círculo entre los helechos y comenzaban a moverse lentamente. Un paso hacia el centro, dos hacia atrás, una vuelta, y después intercambiaban las posiciones. Sus pies apenas rozaban la tierra y, con cada giro, los helechos se estremecían y liberaban un tenue resplandor verde, como complacidos ante la grácil coreografía. Pero no era una danza de celebración, sino un vetusto ritual, un sello destinado a mantener ocultos los recuerdos que el propio bosque había devorado tanto tiempo atrás. Las hadas habían repetido aquellos movimientos durante eones para mantener dormido algo que no debía despertar. Algo que no debía volver a despertar.
Aquella noche, sin embargo, el cansancio acumulado y el peso de la edad pudieron más y Laris perdió el ritmo. Fue solo un breve instante, un pequeño paso dado incorrectamente, pero el efecto fue inmediato. Los helechos se abrieron vertiginosamente y dejaron ver un pequeño estanque de inquietas aguas negras del que emanaban pequeñas humaredas grises. Su superficie no reflejaba la luna, sino un cielo sin estrellas, oscuro y profundo como si el agua fuera una ventana abierta hacia otro mundo. Las cuatro hadas dejaron de bailar y, desde las profundidades del estanque, llegó una voz. No era fuerte, pero sí grave y con un eco antiguo. Su sonido hizo temblar las raíces bajo sus pies.
—Por fin.
Algo se movió bajo el agua, mostrando una mano pálida que apareció en la superficie y volvió a hundirse. Las hadas retrocedieron, sintiendo un terror antiguo. No recordaban qué había allí encerrado. Ellas solo sabían que debían bailar, como lo habían hecho siempre. La danza y sus propios nombres eran los únicos recuerdos que habían permanecido intactos en sus longevas memorias.
Volvieron a colocarse en círculo y comenzaron de nuevo a danzar. Un paso hacia el centro, dos hacia atrás, una vuelta, y después intercambiaron las posiciones… pero el sello ya estaba roto. El agua comenzó a agitarse con violencia y una silueta gigantesca se insinuó bajo la superficie. No era un monstruo, sino una figura de una belleza terrible, con un rostro antiguo, coronado de ramas negras, ojos saltones y la piel cubierta de símbolos que parecían cicatrices profundas. Era un ser más espiritual que corpóreo, anterior a las hadas, anterior incluso al bosque. Y estaba despertando de un letargo que creía eterno. Las cuatro intentaron continuar el baile, pero era inútil, pues los movimientos no detenían el ascenso. Cada giro hacía temblar el estanque con mayor brusquedad.
—¿Qué hacemos? –preguntó una de ellas, pero ninguna de las otras supo qué responder.
Entonces fueron los helechos quienes sí respondieron. Conservaban una memoria más antigua que la de las hadas y recordaban el primer despertar de aquella malévola entidad. Mucho antes de que las cuatro hadas nacieran, cuando el bosque aún no tenía nombre, aquella criatura había emergido de las profundidades de la tierra y había extendido sus raíces por todo cuanto encontraba a su paso. Allí donde pasaba, los árboles envejecían en una sola noche y los animales olvidaban el camino de regreso a sus guaridas. Las primeras hadas habían conseguido detenerla, pero no destruirla. Solo pudieron encerrarla bajo aquellas aguas negras mediante un antiguo pacto con el propio bosque. Mientras las hadas realizaran el baile durante cada luna llena, la criatura permanecería dormida, pero una vida tendría que ser sacrificada cuando el círculo se rompiera. Con los siglos, las hadas habían olvidado el motivo de la danza, la existencia de la criatura e incluso el precio del pacto. Solo los helechos lo recordaban. Sus raíces habían permanecido allí desde el principio, creciendo alrededor del estanque y absorbiendo cada sacrificio, cada nombre y cada recuerdo que las hadas perdían. Ahora, todas sus hojas se inclinaron al mismo tiempo hacia el hada que había fallado en la danza. Laris comprendió y asintió.
—No –susurraron sus compañeras, pero entendieron que así debía ser.
Tallos y raíces rodearon las piernas de Laris y comenzaron a arrastrarla hacia el estanque, que se abrió como una boca, pero ella no opuso resistencia. Contempló las negras aguas y miró a las otras.
—Ahora lo recuerdo –dijo.
—¿Qué recuerdas? –preguntó Eyra.
Laris sonrió con tristeza.
—Por qué seguimos bailando.
No hubo tiempo para decir nada más. Miró una última vez a sus hermanas y esbozó una serena sonrisa antes de que las raíces la soltaran sobre las aguas negras. Durante un instante quedó suspendida sobre ellas. Después, el estanque comenzó a engullirla lentamente, hasta hacerla desaparecer por completo. Cuando la última hebra de su cabello se hundió bajo la superficie, las aguas se agitaron por última vez y, poco a poco, recuperaron su quietud. El estanque quedó inmóvil, oscuro y silencioso, como si nada hubiera ocurrido. Entonces los helechos recuperaron su posición y ocultaron de nuevo las aguas.
Las tres hadas que quedaban se miraron durante unos segundos, sabiendo que algo había cambiado, pero sin tener la certeza de qué, y no tardaron en comenzar de nuevo aquella danza ancestral. Un paso hacia el centro, dos hacia atrás, una vuelta, y después intercambiaban las posiciones. Eyra, Malae y Dalea la ejecutaban a la perfección, como recordaban haberlo hecho siempre. Los helechos, como siempre ante aquellos movimientos, se estremecieron y liberaron un tenue resplandor verde, pero esta vez parecían más inquietos. Sus hojas se inclinaron unas hacia otras y, bajo la tierra, sus raíces se entrelazaron alrededor del estanque, guardando en su memoria aquello que las hadas ya habían perdido: el recuerdo de Laris y de todas las que, antes que ella, habían descendido a aquellas aguas. Los helechos sabían que cada vez quedaban menos hadas y que, algún día, quizá no quedaría ninguna para continuar la danza.
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Relato publicado en X.














